Acalorado, algo cansado, pero con sus atávicas ganas de hinchar las pelotas intactas, el Amperio aguarda su turno para pagar la compra del supermercado. Y mientras atienden a la señora que lo precede, observa que la cajera, además de simpática y bonita, tiene una muy marcada tendencia a la risa fácil.Chica rara la cajera. Todo le causa gracia, desde saludar hasta pasar los productos por el lector o dar un vuelto. Hasta los números de documento de los clientes le dan alegría. Y lo demuestra con una risa clara, cristalina e impenitente que al narrador le hace recordar a una compañera que, también, es de llevar la risa en el umbral.
La niña hace su trabajo risueñamente, marca, cobra y da vueltos muerta de risa e ignorante que el Amperio le tiene preparada una trampa para que se muera de risa, de una vez por todas y se deje de joder.
Así, el muy degenerado, con la más aviesa de las intencionalidades, deja para el final de todo y más bien separada, en la difusa frontera entre la compra propia y la siguiente, una simpática cajita de tampones O.B. Y lanzado el anzuelo el pescador espera, tranquilo pero atento, el pique que llegará inexorable.
Y la chica marca que te marca, embolsa que te embolsa, ve los tampones sin dueño seguro y duda. Y al dudar, se la deja picando al Amperio al hacer la pregunta del millón:
-¿Esto es suyo, señor? -dice la niña con la risa a flor de labios y a punto de escapársele-
-Sí. -dice con seguridad el inimputable- Son míos.
Y agrega, muy serio y recordando una propaganda que escuchó por ahí: -Me mantienen seca y protegida aún en los días más difíciles.
Y la cajera que abre los ojos grandes, que se sorprende, que tarda medio segundo en comprender que era un chiste y que estalla en la risa más estridente, contagiosa e imparable que el Amperio tiene escuchada.
La mina se ríe a los gritos, con una risa tipo ave fénix que resurge de sus propias cenizas, con gorgoteos y borbollones y la gente se contagia de la risa en la cola y en las cajas linderas y ya es un quilombo negro porque todos se ríen, salvo el inimputable que permanece impertérrito y poniendo la mejor cara de pelotudo con que la vida lo ha dotado.
El resultado del chascarrillo fue, en la columna de las pérdidas, casi cinco minutos de demora hasta que una supervisora de cajas y otra empleada logran volver a sus cabales a la niña risueña y, en el haber del narrador, dos panes dulces y un vinacho que, en el alegre quilombo fueron a parar, quien sabe cómo, a mi carrito.
Los dejo, compañeros, voy a escribirle una carta de agradecimiento al señor Coto y, ya que estoy, me cambio el O.B.











